La promesa de la maternidad

Estamos solas en casa. Su papá se ha ido al “cine”, como ahora decimos los días que él tiene libre y la cuido yo. La separación viene con logística y mentiras piadosas. Me preparo un café bien cargado y corto una tajada de queque del día anterior. Ocupo cafeína y azúcar para hacerle frente a las cuatro horas que me quedan con ella antes de que se duerma. A sus tres años le encanta explorar la finitud de su vida. Y yo paniqueo rápido. No soy una mamá relajada. Pero esta vez ella propone un juego fácil, escondidas mamá, tú cuentas. Así que cuento hasta 20, muy lentamente, el café está en su punto perfecto. Y luego la busco. Hay silencio total en la casa. Paso por la sala y Rodolfo duerme en el sillón junto a Enriqueta, los dos forman un corazón gatuno muy fotografiable. Sigo buscando. Encuentro escenas inesperadas: carritos en fila para entrar al baño, crayolas en el pasillo en forma de pez y unos muñecos sentados que comen plasticina rosa. Hace una tarde linda, está fresca y entra una luz naranja por la ventana del cuarto. De repente veo un molote de sábanas en el piso que la delata. Acá estás le grito y la descubro. Sus carcajadas rompen la calma, la tomo por los brazos y la alzo. Por segundos me convierto en una madre joven y ligera. Hundo mi nariz en su cuello. Huele a criatura, a cachorra, a animalito salvaje. Nos fundimos en la cama. Mi hija pega su nariz con la mía y me susurra: estoy amorada de ti mamá. Quizás esto sea la felicidad.